ALMAS
La visión de una misionera en la India
Se oyó durante toda la noche el batir quejumbroso de los tambores, y la densa oscuridad palpitaba a mi alrededor. No podía conciliar el sueño, de manera que permanecía tendida en mi lecho, con los ojos abiertos. De repente, un panorama se abrió ante mis ojos:
Me parecía estar en una llanura cubierta de vegetación. A mis pies se abría un abismo de profundidad infinita. Miré sin alcanzar a divisar el fondo. Flotaban en las profundidades formas negras y grotescas, como de nubes, que se arremolinaban y cernían sobre sombrías cavernas y precipicios. Di un paso atrás, mareada.
Y luego vi la silueta de personas que caminaban en una fila por la grama. Todas se dirigían al borde del precipicio. Noté especialmente a una joven. Al acercarse, noté que era ciega. Llegó al borde y dio un paso en el vacío. Aún resuena en mis oídos el grito desgarrador que dio al precipitarse en el abismo.
Luego vi a mucho otros que venían de todas partes. Todos estaban ciegos; todos avanzaban directamente al precipicio. Se oían gritos lastimeros al sentirse caer. Agitaban los brazos, tratando de aferrarse a algo sólido, mas los rodeaba sólo el vacío. Algunos, empero, rodaban al precipicio en silencio, sin gritar.
Y me asombré, con un asombro que era agonía, por qué nadie los detenía en el borde. Yo no podía hacerlo. Estaba pegada al suelo y no podía llamar. Aunque traté de hacerlo varias veces, sólo salía de mi garganta un susurro.
Luego observé a lo largo de la orilla, a intervalos regulares, había centinelas. Pero la distancia entre centinelas era muy grande, y nada protegía esas brechas. En esas brechas la gente se despeñaba al abismo, ciega y sin que nadie le advirtiera el peligro. Y me parecía que la grama estaba regada de sangre, y que el abismo abría sus fauces, como la boca del infierno.
Luego observé, como remanso de paz, a un grupo de gente bajo unos árboles, que con la espalda hacia al abismo, hacía ramitos de margaritas. A veces, cuando un grito desgarrador hendía el aire, y llegaba a sus oídos, los perturbaba, considerando vulgares los gritos. Y si uno de ellos se encaminaba hacia el abismo y quería hacer algo para ayudar, luego todos los demás se lo impedían. "¿Porqué se conmueve? Después de todo, no ha terminado de hacer los ramos". Y añadían: "Sería egoísta dejarnos para que terminemos solos el trabajo".
Había otro grupo cuyo deseo primordial era enviar más centinelas. Pero descubrieron que muy pocos querían ir, y a veces no había centinelas por una distancia de varios kilómetros a lo largo del borde del precipicio.
En cierto momento vi a una joven sola en su lugar, haciendo señas a la gente para que se volviera. Pero la madre y otros familiares la llamaron, recordándole que había llegado el momento de tomar vacaciones. Debía cumplir los reglamentos. Y cansada, y necesitada de un cambio, fue a descansar por un tiempo. Pero ninguno fue enviado para ocupar el lugar que quedaba vacante, y la gente continuaba precipitándose al abismo como cascada de almas.
Cierta vez vi a un joven que se sostenía de una mata, en el mismo borde del abismo. Aferrado con las dos manos, pedía auxilio, pero nadie acudía. Luego la mata cedió, y el joven se precipitó al abismo, sosteniendo entre sus manos crispadas la mata. Y la joven que deseaba volver a su puesto creyó oír el grito del joven, y se puso de pie, pero los demás a su alrededor le reprocharon, recordándole que nadie es necesario, en ninguna parte. Manifestaron que estaban seguros que alguien protegería el sitio vacante. Y luego cantaron un himno.
Y en medio del himno se oyó así como si los sufrimientos de un millón de corazones quebrantados se condensara en un sollozo. Y el horror de la gran oscuridad me rodeaba, puesto que sabía lo que era: el grito de su sangre.
Luego resonó una Voz, la Voz del Señor. Y dijo: "¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra".
Resuena aún con intensidad el repicar de los tambores, y la oscuridad me rodea y envuelve. Oigo los gritos destemplados de los participantes en la danza del diablo, y los chillidos de los poseídos del demonio, congregados junto a la puerta exterior.
¿Y qué importa después de todo? Se han repetido durante años, y seguirán repitiéndose por mucho tiempo en lo porvenir. ¿Por qué preocuparte, entonces?
¡Que Dios nos perdone! ¡Que Dios nos despierte! ¡Que Dios nos avergüence hasta que abandonemos esta insensibilidad, hasta que dejemos nuestros pecados!
Amy Wilson Carmichael, en
"Things as they are"
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Tomado de: |
El Evangelismo Personal, pp. 10-14
Myer Pearlman
Editorial Vida, 1959
Decimoquinta edición, 1980.
Reimpresión de 1982: 10,000 ejemplares
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"El Señor se dirigió a mí, y me dijo: Tú, hombre, habla a tus compatriotas, y diles: Cuando yo envío la guerra a un país, la gente de ese país escoge a uno de ellos para ponerlo de centinela.
Y cuando el centinela ve que los ejércitos enemigos se acercan al país, toca la trompeta y previene a la gente. Si alguien escucha el toque de trompeta y no le hace caso, y los enemigos llegan y lo matan, el culpable de su muerte es él mismo, porque oyó el toque de trompeta pero no hizo caso; es culpable de su muerte, porque, si hubiera hecho caso, habría salvado su vida. Pero si el centinela ve llegar los ejércitos enemigos y no toca la trompeta para prevenir a la gente, y los enemigos llegan y matan a alguien, éste morirá por su pecado, pero yo le pediré al centinela cuentas de esa muerte.
Pues a ti, hombre, yo te he puesto como centinela del pueblo de Israel. Tú deberás recibir mis mensajes y comunicarles mis advertencias. Puede darse el caso de que yo pronuncie sentencia de muerte contra un malvado; pues bien, si tú no hablas con él para advertirle que cambie de vida, y él no lo hace, ese malvado morirá por su pecado, pero yo te pediré a ti cuentas de su muerte. Si tú, en cambio, adviertes al malvado que cambie de vida, y él no lo hace, él morirá por su pecado, pero tú salvarás tu vida." Ezequiel 33:1-9