El Tiempo Devocional
 



1)La Comunión con Dios

El hecho de que Dios anhela la comunión nuestra es quizás uno de los más admirables que nos presentan las Escrituras. Es un hecho tan sorprendente, que nos es sumamente difícil comprender plenamente su significado.

El que Dios permitiese que sus criaturas se comunicaran con Él, ya sería algo extraordinario; pero que Él lo desee, que se goce y se satisfaga con ello, es casi demasiado para nuestro entendimiento.

"El Padre tales adoradores busca que le adoren" (Juan 423 b). Permitamos que este concepto se apodere de nosotros, y que nos inspire con un deseo apasionado de buscar su rostro mañana tras mañana. La idea común de que leemos nuestras Biblias y oramos para nuestro propio beneficio y satisfacción se hará insignificante. Permitamos que este pensamiento sencillo de que Dios desea nuestra comunión nos obsesione mañana tras mañana, y día tras día.

Cuando recordamos que para mostrarnos su misericordia Dios espera que confiemos en Él y aguarda a que nos pongamos en contacto con Él, ya los tiempos duros y difíciles se tornarán livianos y fáciles, y tendremos paciencia para soportarlos y perseverar.

a)¿Por qué nos permite Dios comunicarnos con Él?

Considero también que es de suma importancia dar a la cruz de nuestro Señor Jesucristo el lugar de primacía que le corresponde. No puede haber comunión con Dios sobre ninguna otra base. Por supuesto esto no es algo nuevo. Recordará el lector que en el Antiguo Testamento Dios ordenó que los sacrificios se ofreciesen diariamente mañana tras mañana. ¿No nos habla esto a nosotros? En nuestras oraciones, mañana tras mañana, nos debemos dar cuenta clara y consciente del bendito sacrificio del Hijo de Dios, y asimismo sentir gratitud y alabanza por ello. Es en el propiciatorio donde Dios ha prometido encontrarse con nosotros. Uno de los santos del siglo pasado escribió: "Nunca como hoy he sentido una necesidad más grande de la sangre de Cristo, y nunca antes me ha sido posible valerme de ella de igual manera". ¿Podemos nosotros hacer eco a esta misma expresión al acercarnos al Dios Santo?

Permítaseme el siguiente consejo:
Si no obtenemos de este ejercicio una satisfacción personal inmediata o bendición consciente, no pensemos por esto que haya sido en vano. Dios está buscando a hombres y mujeres que le adoren. Adorémosle pues, sea que obtengamos o no algún beneficio consciente de ello. Cristo es digno de ser alabado.

Al disponernos a adorarle y a alabarle por su maravilloso sacrificio, procurando dar más bien que recibir, hallaremos que el Espíritu Santo silenciosamente, pero de una manera real, nos transmitirá la eficacia de su muerte y hará que nuestra comunión con Dios por medio de su Palabra y la oración nos sea una bendición y una delicia. Creamos que Cristo y su muerte expiatoria son dignos de la adoración y la alabanza eternas, sea que nosotros obtengamos de ellas algún beneficio consciente o no. Olvidémonos por completo de nosotros mismos y de nuestras experiencias, y por medio de la fe y de la adoración mantengamos nuestros ojos fijos en el Señor Jesucristo crucificado. Dios asegura que nos bendecirá al hacerlo, porque Él ha dicho. "Yo honraré a los que me honran".

b)Dios nunca falta a su palabra

En toda lectura de su Palabra y en cada oración, nuestra necesidad más apremiante es la de una fe ardiente, viva y expectante, la que llamó Charles Finney "una confianza afectuosa" en Dios: "Sin fe es imposible agradar a Dios", Hebreos 11:6. El gran objetivo de nuestras devociones debe ser eliminar todo cuanto pudiera impedir una confianza absoluta en Dios. "Esta es la obra de Dios", dijo Cristo, "que creáis …", Juan 6:29. "Al que cree, todo le es posible", Marcos 9:23.

En el capítulo 17 del Evangelio según San Lucas se compara la fe con una semilla. Si la simiente que hace una semana sembramos en nuestro jardín pudiera hablarnos, nos diría cuán fría, húmeda, negra y dura es su situación. A esto le contestaríamos, en las palabras de Pedro: "Mas el Dios de toda gracia, después de que hayáis padecido un poco de tiempo, Él mismo os perfeccione, afirme, fortalezca y establezca", 1 Pedro 5:10. Así es la historia de una fe viva plantada en nuestros corazones por el Espíritu Santo. Cuando la paciencia haya hecho su obra perfecta, nuestra fe se convertirá en vista.

En toda nuestra lectura bíblica, pues, y en nuestras oraciones durante la hora devocional, procuremos que antes de abandonar el aposento la fe nos haya llevado a ese lugar de tranquilidad y de solaz, de admiración por cuanto Dios desea nuestra comunión, de adoración por cuanto murió por nosotros en el Calvario, y de resolución de hacer durante el día la "obra de Dios", la cual es una confianza afectuosa en su amado Hijo.