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La Pasión Personal por Cristo
Hay una pasión por Cristo, experimentada por muy pocos, que ha separado del común de los hombres a quienes la han poseído.
¿No es ésta la cualidad que distingue a un cristiano de otro, que señala a algunos pocos como diferentes del resto de nosotros?
¿No es ésta la cualidad en los escritos de los místicos que, tal como en ninguna otra literatura espiritual, conmueve las fibras de nuestros corazones e infunde una ansia dolorosa?
Aquellos maravillosos "amigos de Dios" tenían la pasión personal por Cristo.
Samuel Rutherford sentía esta pasión, y en su lúgubre prisión pudo escribir: "Una sonrisa del rostro de Cristo me es más ahora que un reino entero".
Lo malo en cuanto al resto de nosotros es que nos contentamos con solamente vivir en Jerusalén, sin ver el rostro del Rey. Trabajamos arduamente por Él, y las horas atareadas vuelan, apenas dejándonos tiempo en que dedicar un pensamiento al Amante de nuestras almas que anhela nuestro afecto.
Y cuando al fin entramos en su sala de audiencia, estamos cargados de peticiones - negocios que se han de atender, dirección que necesitamos aquí, ayuda allá, y peticiones a favor de éste o de aquél.
Todo esto es importante, todo es urgente, pero después de todo, son nada más que negocios.
En medio del avance arrollador de la apostasía, entre el remolino de placeres que arrastra a la mayoría de los que se llaman cristianos, Dios tiene los suyos, sus siete mil, "cuyas rodillas no se doblaron ante Baal, y cuyas bocas no lo besaron".
Son hombres y mujeres cuya fe arde con mayor brillo conforme aumentan las tinieblas del mundo. Están dispuestos a morir en Jerusalén, o en cualquier parte, por su Señor. Son valientes por la verdad, y esgrimen vigorosamente la espada por Él. Sin embargo, aun de estos son pocos los que tienen aquella pasión que Pablo expresó en las palabras, "para mí el vivir es Cristo".
Hay una ortodoxia que es magnífica, pero que nos deja fríos, y una predicación del "evangelio sencillo" que no despierta entusiasmo. La gente puede sentarse y escuchar la historia del Calvario sin una lágrima ni un latido acelerado del corazón. En el relato, no hay el acento de la pasión personal por aquel de quien decimos: "Veo su cabeza, manos, pies, por mi sangrando, ¡cuán excelso amor!"
Pero de cuando en cuando - raras veces - vemos alguno que como Pablo, ha mirado atentamente el rostro sin igual de Jesús, y que desde entonces nada ve sino la imagen de su amado.
Se conoce a tal cristiano por su aspecto radiante, un brillo de gloria, una calidad hermosa de voz y de apretón de manos, y una fragancia inequívoca. "El olor de sus vestidos es como el olor del Líbano". Éstos acompañan a su Amado en el lugar donde hay "fuente de huertos, pozo de aguas vivas, y arroyos que corren del Líbano".
¿Cuál es la causa de esta diferencia?
No es el conocimiento, porque "la ciencia hincha". Hoy día tenemos abundancia de conocimientos. Dios nos ha dado grandes maestros de su Palabra. Muchos de nosotros hemos llegado al punto en donde nos creemos competentes para juzgar a otros y para decir, aunque no como lo dijo el salmista: "más que todos mis enseñadores he entendido". Pero muy a menudo nuestra ciencia es una mera forma de piedad, cuya eficacia negamos por cuanto no la poseemos.
No, la diferencia no consiste en conocimientos, ni en ortodoxia, ni en celo, ni en obras.
¿Qué era lo que hacía a Moisés, el dador de la ley, el intérprete de los truenos de Sinaí, tan sensible a la gracia de Dios como el mismo Pablo? Era esto: Moisés era el incomparable "amigo de Dios", por cuanto poseía en un grado poco común la pasión personal por Dios. Esa pasión había consumido hasta el último vestigio de ambición personal, de tal manera que cuando Dios le ofreció algo que legítimamente pudo haberle tentado, especialmente al venir de tal procedencia, no hizo diferencia alguna al hombre para quien el buen nombre de Dios importaba por encima de todo lo demás.
¿Habrá algo tan sublime en toda la historia sagrada como la negativa de Moisés de seguir adelante sin Dios? Cediendo a su intercesión a favor del pueblo que había pecado tan hondamente, Dios le había prometido que un ángel los guiaría en el camino. El Señor le había dicho a Moisés: "Anda, sube de aquí … y yo enviaré delante el ángel … yo no subiré en medio de ti … no sea que te consuma en el camino".
Pero Moisés había caminado con Dios ya mucho tiempo, y era inconcebible que ahora se le retirara esa admirable presencia. Para otros pudiera bastar un ángel, pero no para el hombre acostumbrado a hablar con Dios "cara a cara, como habla cualquiera a su compañero".
Y así, con una argumentación maravillosa, Moisés expuso el asunto al Señor, ganando punto tras punto hasta llegar al lugar en que se atrevió a decir "no" a Dios. "Si tu presencia no ha de ir conmigo, no nos saques de aquí".
Dentro del dolor de aquel día triste, ¡que gozo habrá sido para Dios hallar a un hombre que quería lo mejor a cualquier precio! ¡Con cuánto gozo no habrá dicho: "Moisés, también haré esto que has dicho. Mi presencia irá contigo, y te daré descanso"! Dios jamás lo olvidó. Llegó el momento en que aquel amigo cayó; sin embargo, cuando llegó el final, subieron ambos juntos el solitario monte Nebo, y allí Dios hizo dormir a su amado amigo, y con sus propias manos lo acostó para que descansara hasta el gran día de la resurrección. Dios no consideraba el ministerio de los ángeles lo suficientemente bueno en aquel día, para el hombre que en vida no se contentaba sino con Dios mismo.
David también poseía en alto grado aquella pasión por Dios. Su alma tenía sed de Dios, y su carne lo deseaba. Sus salmos revelan esa pasión, que palpitaba siempre en su corazón. Solamente a la luz de esa pasión pueden interpretarse los salmos imprecatorios. David odiaba con odio perfecto a aquellos que aborrecían a Dios, y los tenía por enemigos. Para él la mancha mas negra y el aguijón más agudo del pecado - el suyo propio o el de otros - consistían en que se hacía "contra ti, contra ti solamente". Cuando poseemos la pasión por Dios que tenía David, nosotros también conoceremos cuán "sobremanera pecaminosa" es en realidad el pecado.
En el Nuevo Testamento, Pablo es el ejemplo sobresaliente del hombre dominado por la pasión por Cristo, aun aparte de su devoción a la causa de Él. Aquella pasión de seguro nació en los días en que estuvo contemplando "la gloria de Dios en el rostro de Cristo Jesús", días de ceguera física; pero de gloria indecible.
En los embates de la controversia, Pablo fácilmente pudo haberse vuelto crítico duro y acerbo. Su pasión por la persona de Cristo - cosa distinta de la lealtad hacia su causa - le guardó de esto. Es así que le vemos luchando contra las fieras en Efeso, y sin embargo añorando "partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor".
El gran corazón tierno de Pablo que lo convirtió en padre y ayo de las iglesias recién nacidas, tuvo su fuente en su pasión personal por Cristo, el conocimiento de cuyo amor - su anchura, su longitud, su profundidad y su altura - es ser "lleno de toda la plenitud de Dios".
Hubo también algunos otros.
Formaban parte de aquel círculo íntimo dos mujeres humildes. María de Betania y la Magdalena sabían algo de aquella relación inestimable con nuestro Señor. Fue la devoción de María hacia la persona de Cristo lo que la conducía a hacer instintivamente y de manera inequívoca aquello que a Él le agradaba. En contraste con el amor de ella, había la ortodoxia fría de los discípulos quienes se habrían contentado con que el ungüento se hubiese vendido por trescientos denarios, para darlos a los pobres Según los fariseos, la limosna era el elemento principal de la justicia. Pero siempre habría tiempo para eso. "A los pobres siempre los tendréis con vosotros", dijo Jesús, y su corazón se confortó por el amor de María, fragante como el ungüento que había derramado. ¡Qué privilegio el de ella, de consolarle en los días en que su alma comenzó a estar "muy triste, hasta la muerte"!.
Fue esa misma pasión por Cristo la que retuvo a María Magdalena llorando junto a la tumba vacía cuando los discípulos ya se habían marchado a casa. Y ¡cuán maravillosamente fue premiada! No solamente vio la visión de los ángeles, sino que Cristo mismo vino para alegrar su corazón y para secar sus lágrimas; y se ha escrito para siempre que Él "apareció primero a María Magdalena".
En nuestro celo por lo bueno, ¿estaremos perdiendo lo mejor?
La palabra de nuestro Señor para nosotros es todavía "el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él". Allá arriba, "sus siervos le servirán, y verán su rostro", pero es también una verdad bendita que Él se manifestará en la tierra a aquellos que le aman y le sirven aquí.
Hay un premio para el discípulo obediente; hay poder y autoridad para el discípulo fiel, y para el discípulo celoso hay gloria de hacer proezas para Él. Pero también hay el susurro de su amor, el gozo de su presencia, y el resplandor de su rostro para aquellos que le aman por lo que Él es. Y "¿en qué nos aprovecha morar en Jerusalén si no vemos el rostro del Rey?".