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El precio de la oración
Quizá sea útil mencionar aquí el precio que demanda la fidelidad en la vida de oración. Me refiero a la perseverancia en apartar para ella esta hora matutina.
La Biblia no afirma que sea la voluntad de Dios que todos oremos de mañana, pero encontraremos mucho en los incidentes típicos así como en los dichos de grandes hombres de Dios que nos sugiere que quizás esa sea la hora conveniente para hacerlo.
Vivimos en un mundo que no deja lugar para el hábito de la oración. Para otras cosas siempre hay tiempo, pero no para la oración. Tanto en la vida comercial como en el colegio, el programa diario no da lugar a la oración tranquila y libre de interrupciones. Por esa y otras razones, muchos se han convencido de que deben dedicar un rato restado al sueño, en las primeras horas de la mañana, para estar a solas con su Dios.
Es aparente, pues, el precio de la oración.
Este precio incluye una vigilancia disciplinada en cuanto a la hora de retirarse para descansar, y esa disciplina es tan incómoda como impopular. Levantarse temprano es un hábito nuevo y molesto, a que el cuerpo se resiste. Hay otros sacrificios que afrontar. El enemigo hará cuanto pueda para exagerar las dificultades. ¡Cuántos al ver el costo, no han desoído la voz de Dios y han colocado un "imposible" como barrera para entrar a la escuela de la oración!
Igual costo tendrá cualquier otra hora que se escoja. No puede haber exención. Permítame citar de nuevo: "El precio de la vida de oración no consiste tanto en la intensidad del ruego como en la fidelidad diaria que en ella ha de haber. No hay nada en la vida del creyente que sea tan difícil de mantener".