a)
Apártese el tiempo
La primera indicación y la más evidente es que debe haber un tiempo especial.
Nadie puede decidir por otro cuál sea el tiempo mejor de entre las veinticuatro horas del día, por cuanto nuestras circunstancias y deberes varían hasta lo infinito. Lo que sí podemos afirmar es que es indispensable tener algún tiempo. Algunos hallarán más conveniente la primera hora de la mañana; otros, ya tarde en la noche; y otros tendrán tiempo disponible durante el día. Pero sea cuando fuere, debe haber un tiempo fijo.
Es cosa extraña y triste ver que todo lo organizamos bastante bien, salvo nuestra vida religiosa. Organizamos nuestras horas de estudio, nuestras comidas, nuestro recreo y nuestras horas de dormir; pero dejamos que las necesidades de nuestra alma se satisfagan cuándo y como sea posible.
Nadie que pueda arreglárselas para comer tres veces al día a horas determinadas, puede decir con verdad que le es imposible fijar un tiempo diario para meditar en la Biblia. Semejante afirmación no es sino un anuncio de su indiferencia espiritual. Una necesidad verdaderamente sentida, pronto busca su propia solución.
Algunos podrán apartar más tiempo y otros menos; pero todos, si han de vivir para Cristo, deben apartar algún tiempo. Debe ser un tiempo fijo. Debe ser parte tan fija de las actividades del día como lavarse por la mañana o cenar por la noche. Antes de seguir leyendo, decídase a fijar el tiempo más adecuado para sus propias meditaciones.
b)
Un sitio tranquilo
Lo segundo que se necesita es un sitio tranquilo.
Sé que esto puede ser un problema. Quizá viva en la casa una familia numerosa, o en la universidad tenga usted un compañero de pensión. Puede serle difícil estar a solas durante cierta hora fija de cada día, pero cuando menos debe tratar de hacerlo. Si le es completamente imposible estar solo, debe hacer lo mejor que pueda. Sin embargo, pierde algo de su valor la hora devocional cuando no hay "el lugar secreto".
Quizá pueda estar a solas, pero en un sitio no muy tranquilo. Esta circunstancia exige un gran poder de concentración. Si ve que el ruido de la casa o de la calle le distrae, es mejor taparse los oídos que desperdiciar el tiempo. Para obtener el mayor beneficio posible del tiempo de meditación, es necesario que cierre las puertas de su mente a todo lo demás.
c)
Un espíritu tranquilo
El siguiente requisito es una actitud apropiada del alma. De poco sirven el tiempo y el lugar, sin un buen espíritu. Debe haber la calma interior. Si el alma se halla agitada como un mar borrascoso, abatida cual ave en una tempestad, si se arroja a la presencia divina como un corcel a la batalla, ¿qué esperanza puede haber de lograr resultado alguno en el breve tiempo de que dispone?
Pero podrá preguntarse, ¿ no es precisamente en tales momentos que debemos acudir a la hora devocional para hallar en ella la calma de que carecemos? Sí, ciertamente, si reconocemos nuestra necesidad y la llevamos de manera definida al Señor. A menudo la experiencia del alma puede expresarse en las palabras del himno:
Oh! Cuántas veces tuve en ti auxilio
en ruda tentación,
Y cuántos bienes recibí mediante ti,
dulce oración.
El "lugar secreto" ofrece reposo para el alma turbada, pero esa alma tiene más necesidad de orar que de estudiar la Biblia. En todo caso debemos recordar que el estado agitado y turbado no representa la experiencia cristiana normal. Tal estado corresponde más al hospital que al campo de batalla. La vida cristiana no consiste en tratar de restaurar el alma, sino en mantenerla preparada de tal manera que esté en condiciones de obtener el mayor éxito.
Suponiendo pues un estado más o menos normal, debemos acudir a la hora devocional con una quietud de espíritu, o al menos obtenerla allí inmediatamente. "Estad quietos, y conoced que yo soy Dios", Salmo 46:10, "En quietud y en confianza será vuestra fortaleza", Isaías 30:15
d)
Espere su presencia
La expectación es otro requisito. Quien nada espera, nada recibe. Es el alma que anhela la que será alegrada. Si abrimos toda nuestra alma al Espíritu Santo, recibiremos sorpresas conmovedoras.
Me he referido ya a la necesidad de la concentración, pero quiero añadir que en el tiempo apartado para nuestra meditación, sea corto o largo, no debe haber apresuramiento. Es más que inútil desperdiciar un tiempo tan precioso pensando en lo que ha de hacerse después. Tranquilice su alma. Tenga una actitud de expectación. No esté de prisa. Quince minutos empleados de esta manera valen mucho más que una hora de lectura distraída, precipitada e inquieta de la Biblia.
e)
Tenga un propósito
Es también importante que tenga usted un propósito.
Lo que no se supone, no se logra. Antes de toda acción debe haber un propósito; todo cuanto hacemos debe tener meta. Ahora bien, el objetivo del tiempo devocional no debe ser el de preparar mensajes para algún grupo de estudiantes que usted pueda tener a su cargo, o para su clase de Escuela Dominical, ni otra cosa por el estilo, sino para alimentar y fortalecer su propia alma. Durante ese tiempo (hablo de la meditación en la Biblia y no de la oración) no es solamente bueno sino imprescindible olvidar a los demás. La sola idea de prepararse para un culto distrae su atención de sus propias necesidades; y en todo caso, la mejor preparación para todo culto es la de su propia alma. En el tiempo de meditación, el pensamiento consciente del alma debe ser, "Te necesito, Cristo; sí, te necesito".
Tenga muy presente cada día, al empezar su tiempo de meditación, que no puede transmitir la gracia divina a otros si ha descuidado su propio estado espiritual. Por lo tanto, el objeto de la hora de meditación debe ser el examen y la renovación de sí mismo. Este elemento personal es muy prominente en los Salmos.
Antes de seguir adelante, pregúntese ahora mismo si sus desengaños pasados no se han debido a que no tenía un objetivo bien definido, o quizá porque tenía un objetivo equivocado.
f)
Como estudiar la Biblia
Luego de haber considerado el tiempo, el lugar, la actitud y el propósito, es de suprema importancia que pensemos en un método sencillo, práctico y eficaz de estudio.
Muchas personas fracasan por causa de esto. Para comenzar, pues, planee el alcance de su meditación. Esto puede hacerlo en una escala mayor o menor, pero debe hacerse.
Quizá prefiera meditar durante un mes sobre algunos de los grandes textos de la Biblia; o escoja un salmo - acaso el 23 - para meditar en él sin límite de tiempo. Tal vez elija algunos grandes pasajes tales como Juan 17, 1 Corintios 13, ó Hebreos 11, para meditar detenidamente en ellos. Puede también tomar un libro tal como el Evangelio según San Juan, el de Marcos, la Epístola a los Efesios, o la 1a de Pedro, para leerlo una y otra vez hasta que, como la lluvia, satisfaga su alma sedienta.
Acerca de estas sugerencias, permítaseme decir dos cosas: en primer lugar, si su plan de estudios se hace en escala grande, no podrá tomar versículo por versículo y palabra por palabra como lo haría en escala pequeña. Esto prolongaría grandemente el estudio, y para mantener el interés es necesaria la variación. No obstante deberá dar consideración detallada a capítulos cortos, pasajes breves y versículos.
La segunda cosa que quiero decir, y que se aplica a cualquier plan, es que su lectura y su estudio deben ser prácticos. Su propósito en el tiempo de meditación no es tanto reunir informes como derivar inspiración. Por tanto, debe buscar la aplicación a sus necesidades y circunstancias actuales. Interprete la verdad en función de la vida, y use la Palabra para que encienda y alimente el fuego de la devoción.
Recuerde que no podrá enriquecer a otros en los asuntos espirituales, más de lo que usted mismo ha experimentado, ni podrá guiar a otro a cumbres más altas de las que usted mismo ha alcanzado. De aquí, la necesidad absoluta de usar la Biblia en la hora devocional.