El Tiempo Devocional
 



4)El Método

Orar es acercarse a Dios. Es abrirle nuestro corazón. Es hablar con Él. El autor de la epístola a los Hebreos, en su capítulo 10, versículos 19-22, expone de una manera clara y hermosa la base y el método del acercamiento a Dios.

Este método tiene dos partes: la provisión de Dios y la responsabilidad nuestra. Como siempre, Dios tuvo que tomar la iniciativa para que fuese posible la oración. Por eso, en la persona de su Hijo, nuestro Salvador Jesucristo, y por medio de su sangre preciosísima, tenemos entrada a la presencia de Dios. Él es aquel camino nuevo y viviente. Por medio de su cuerpo quebrantado y su sangre derramada, Él derribó la barrera que separaba a Dios del hombre, e hizo posible nuestra entrada hasta el mismo trono celestial. No tan solo es nuestro sacrificio, sino también nuestro sumo sacerdote. Por medio de Cristo tenemos pleno derecho de acercarnos a Dios.

Pero sobre nosotros como creyentes cae una responsabilidad humana. Si queremos acercarnos a Dios en la oración, debemos hacerlo en integridad, con corazón sincero. Como un acto deliberado de nuestra voluntad, con confianza santa y certidumbre de fe, nos acercamos al trono de la gracia. Recordando el sacrificio de Cristo y su sacerdocio por nosotros, estando seguros de nuestra posición en Él, y teniendo presente su invitación, nos acercamos a la presencia de Dios.

Para poder entrar en esta santa presencia de Dios, nuestros corazones han de ser limpiados. No basta la sola limpieza inicial con la sangre preciosa de Cristo, por cuanto hay contaminación diaria por el contacto con el pecado, que ha de ser constantemente eliminada.

Cuando el cristiano peca, se interrumpe su relación con Dios. Esto no quiere decir que haya perdido su vida en Cristo, sino que no puede tener comunión con Dios. Esta comunión solamente puede restablecerse mediante la confesión del pecado - una confesión tan individual y específica como el pecado mismo - una confesión que reconoce el pecado como lo mira Dios, y lo llama por el nombre que Dios usa para él - ya sea la mentira, la codicia, la envidia, la falta de amor, la impureza de palabra, de pensamiento y de hecho, etc.

Para allegarnos a Dios con fe y con sinceridad, debemos hacer una confesión completa de todo pecado.

Cuando nos acercamos al trono de la gracia, nuestros cuerpos han de ser lavados con agua pura - y esa agua es la Palabra de Dios - . La preparación más perfecta para el tiempo de oración es el tiempo que se pasa delante de Dios en la lectura de la Biblia, en que nuestros corazones son examinados y nuestros cuerpos lavados por medio de su Espíritu y su Palabra. Así podemos acercarnos a Él.

Toda oración debe incluir ciertos elementos. Primeramente debe haber confesión - el entendimiento de que cuando pecamos lo hacemos, en último análisis, contra Dios. Por lo tanto, debemos confesar nuestros pecados directamente a Él. Luego a de haber el reconocimiento de la intensa santidad y pureza, la perfección, el poder y la hermosura admirables de nuestro Dios. Nos conviene estar quietos en su presencia y verle a Él como Isaías lo vio en el templo, alto y sublime, o como Juan le vio en Patmos, cuando cayó a sus pies como muerto.

Luego ¿no habremos de alabarle, al recordar con gratitud y alabanza las grandes cosas que Dios ha hecho por nosotros, de las cuales nos alegramos? ¿No debemos bendecir al Señor de todo corazón, recordando sus beneficios espirituales y materiales?

Después de la confesión, adoración, alabanza y acción de gracias, vendrá el tiempo de intercesión - la hora en que presentamos delante de Dios a aquellas personas y actividades que Él ha puesto en nuestros corazones. Rogamos por la salvación de seres queridos, oramos quienes llevan la Palabra a otros y penetramos en el corazón mismo de Dios, pensando sus pensamientos conforme Él actúa en nosotros.

Por último nos consideramos a nosotros mismos. Nos presentaremos ante el Señor a fin de que Él ponga su mano sobre nosotros en bendición, para que seamos cada vez mas conformes a la imagen de su Hijo, para que Cristo sea magnificado en nuestros cuerpos mortales, y para que Él sea formado en nosotros. Las peticiones a nuestro propio favor deben venir siempre en último lugar.

Mientras oramos, lo haremos en el nombre del Señor Jesús, no empleando esta frase como fórmula vacía, sino estando conscientes de Él y de todo cuanto su nombre significa.

El orar es trabajar. La oración intensa y prolongada agota física y mentalmente. Debemos tener presente nuestro motivo. Si oramos para que nosotros seamos bendecidos, que nosotros seamos usados, que la gloria de nuestro nombre o de nuestra organización se magnifique; si buscamos el poder con Dios y con los hombres para nosotros mismos, entonces no oramos conforme a su voluntad, y no obtendremos lo que pedimos.

Pero si podemos olvidarnos de nosotros mismos y orar con un solo propósito y para un solo fin, es decir, el gozo y la satisfacción y la gloria de nuestro Salvador, entonces comenzaremos a orar de manera eficaz y de acuerdo con la voluntad de Dios. Solamente Dios mismo puede elevarnos hasta esa posición y ese estado glorioso en que "nuestra mente terrestre brilla con gloria divina". Que Él nos enseñe a recordar siempre que "nuestro fin es Dios mismo, no el gozo, ni la paz, ni aun las bendiciones, sino Él mismo, nuestro Dios".