b) El Plan de Desarrollo de Dios.
En esta sección procederemos a integrar en un solo esquema, tanto el propósito de Dios para el hombre revelado en la Biblia, conforme a la descripción que se hizo en el capítulo anterior, como las siete etapas de un plan de desarrollo típico, comentado en la sección anterior.
Primera Etapa: El Llamado.
De la misma manera que Dios llamó a Abraham para sacarlo de la tierra de sus padres y hacer un pacto con él, con el propósito de formar un pueblo especial para él mismo, así también Dios llama personalmente a cada ser humano, manifestándosele como el creador de todas las cosas. Algunas personas escuchan este llamado cuando experimentan algún período de gran tranquilidad descansando en un bello bosque alejado de todas las distracciones de la vida diaria; otros experimentan este llamado en algún período en el que experimenten una gran alegría, como el nacimiento de un hijo; otros cuando experimentan una gran tristeza, como la muerte de un ser muy querido; otros simplemente al levantar la vista al cielo en una noche oscura sin nubes en la que se pueda observar una gran cantidad de astros y estrellas. Pero nadie tiene una excusa válida para no reconocer a Dios como el creador de todas las cosas. La Biblia enseña esto con toda claridad:
"El cielo proclama la gloria de Dios; de su creación nos habla la bóveda celeste. Los días se lo cuentan entre sí; las noches hacen correr la voz. Aunque no se escuchan palabras ni se oye voz alguna, su mensaje llega a toda la tierra, hasta el último rincón del mundo." Salmo 19:1-4 V.P.
"Lo que de Dios se puede conocer, ellos lo conocen muy bien, porque él mismo se lo ha mostrado; pues lo invisible de Dios se puede llegar a conocer, si se reflexiona en lo que él ha hecho. En efecto, desde que el mundo fue creado, claramente se ha podido ver que él es Dios y que su poder nunca tendrá fin. Por eso los malvados no tienen disculpa. Pues aunque han conocido a Dios, no lo han honrado como a Dios ni le han dado gracias. Al contrario, han terminado pensando puras tonterías, y su necia mente se ha quedado a oscuras. Decían que eran sabios, pero se hicieron tontos ..." Romanos 1:19-22 V.P.
Lo que sucede con este llamado personal, que recibimos todos los seres humanos, a reconocer a Dios como el creador de todas las cosas, es que implica que también es nuestro creador. Y si lo reconocemos como nuestro creador, entonces tenemos que reconocer que él tiene todo el derecho de decir con que propósito nos hizo. Si el carpintero hace una puerta, la puerta no puede decidir que será una mesa o que será una silla, tendrá que ser una puerta. Si Dios nos creó, él tiene un propósito para nuestra vida ... el problema con esto, es que cuando llegamos a entender esta verdad, muchos de nosotros ya teníamos bien definido y delineado nuestro propio propósito para la vida, y ya le habíamos invertido mucho tiempo y esfuerzo ... y simplemente nos da miedo acercarnos a Dios para conocer su plan, porque tal vez no se parezca para nada a nuestro propio plan. Así que la gran mayoría, cuando escuchamos este llamado de Dios, le decimos que nos espere un poquito. Le pedimos que primero nos deje terminar lo que ya estábamos haciendo ... y le decimos: después de que termine la carrera atenderé a tu llamado, o después de que encuentre novia y me case, o después de que termine este asunto un poco sucio que estoy haciendo y que me va a redituar mucho dinero, o después de que tenga hijos, etc... Y resulta que entre mayor edad tengamos cuando escuchemos claramente su llamado por primera vez, más difícil será acudir a presentarnos delante de él, porque entendemos claramente que no podremos llegar delante de él para decirle ¿Para qué me llamaste, Señor, que me vas a dar?, sino que deberemos decirle como San Pablo ¿Para qué me llamaste, Señor, que quieres tú que yo haga para servirte a ti, de acuerdo al propósito tuyo?. Así, pues, muchos le decimos: Sí Señor, al rato o después. Y nos vuelve a llamar y le volvemos a dar la misma respuesta. Y nos vuelve a llamar ... hasta que atendemos su llamado ... o hasta que morimos sin siquiera habernos enterado para que nos había creado el Señor. ¿Habrá algo más triste que eso? : morirse con el sobre sellado que tenía descrito el propósito especial con el que Dios nos creó, aún sin haberlo abierto.
Segunda Etapa: La Ley de Dios.
Cuando finalmente nos gana la insistencia de Dios en estarnos llamando y acudimos a él para preguntarle para que nos ha estado llamando con tanta insistencia, lo primero que nos dice, es lo mismo que le dijo al pueblo de Israel: No mentirás, no robarás, no cometerás adulterio, no desearás la mujer de tu prójimo, no matarás, etc... Lo primero que Dios nos pide es que cumplamos los Diez Mandamientos, esto es, que vivamos en santidad, continuamente. Esto es, nos ofrece el Antiguo Pacto, o Pacto de la Ley. Y entonces empezamos nuestra vida religiosa, poniendo todo nuestro esfuerzo en agradar a Dios. Y pasamos año tras año, tratando de cumplir la ley de Dios. Y caemos, y nos arrepentimos, y volvemos a intentarlo. Y otra vez igual, volvemos a caer, y le ofrecemos un sacrificio, y volvemos a intentarlo de nuevo. Y ponemos toda nuestra inteligencia y toda nuestra fuerza de voluntad, y volvemos a caer en infracción de la ley.
Ante esta triste situación, que parecía no tener ningún remedio, algunas personas se alejan de Dios. Piensan que si no pueden agradarlo, no tiene ningún caso tratar de estar cerca de él. Intentaron agradarlo, pero después de fracasar repetidamente llegaron a la conclusión de que Dios había puesto metas demasiado altas, metas que ningún ser humano podría jamás cumplir, y decidieron mejor alejarse de Dios. Y acabaron negando a Dios, diciendo que en realidad no existía ningún Dios. Se volvieron ateos.
Otros, que tampoco podían cumplir siempre todos los mandamientos de la Ley de Dios, esto es, que no podían agradar a Dios, se volvieron hipócritas religiosos. De esos que dicen ser cristianos, pero que viven peor que los paganos. No tenían suficiente valor como para alejarse de Dios, y declararse ateos. Pero tampoco podían vivir con la constante culpabilidad de estar continuamente infringiendo la ley de Dios. Entonces pensaron que en realidad no eran tan malos, si nunca habían asaltado un banco, y nunca habían violado a ninguna mujer menor de edad, y nunca habían acuchillado a nadie, luego entonces, pensaron, si no somos tan malos es que sí somos buenos. Y poco a poco, empezaron a convencerse a ellos mismos de que sí eran capaces de cumplir la ley de Dios. Y no quisieron alejarse de Dios. Y no pudieron tampoco cumplir sus mandamientos. Y llegaron a convertirse en hipócritas religiosos.
Tercera Etapa: La Salvación.
Pero siempre ha habido también, otro tercer grupo de personas, que estaban en la etapa de la Ley de Dios, intentando cumplirla siempre para poder agradar a Dios, y que vivieron la misma experiencia de la interminable serie de fracasos y de nuevos intentos, pero que no quisieron declararse ateos, ni tampoco quisieron convertirse en hipócritas religiosos. Y finalmente llegó el momento en que decidieron enfrentarse directamente con Dios. Y le confesaron su deseo de cumplir su ley para vivir en santidad. Y le confesaron que ya habían puesto toda su inteligencia y toda su fuerza de voluntad, y que ni aún así habían podido lograrlo. Reconocieron, delante de la presencia de Dios, que ellos no tenían en sí mismos, ni la capacidad, ni la habilidad, para vivir continuamente en santidad. Reconocieron que eran pecadores y que merecían la muerte por ello, reconocieron que necesitaban un salvador personal, y reconocieron a Jesucristo como su único y suficiente salvador. Y le pidieron que él mismo les ayudara a cumplir su ley y a vivir en santidad. Y entonces ocurrió el milagro más grande del mundo. Dios se manifestó personalmente a sus vidas, les dio el perdón de sus pecados, les concedió la vida eterna, y los trasladó del reino de las tinieblas al Reino de los Cielos. Experimentaron personalmente lo que el mismo Señor Jesucristo llamó el Nuevo Nacimiento. Entraron a la primera parte del Nuevo Pacto, NP-I.
"Había un hombre de los fariseos que se llamaba Nicodemo, un principal entre los judíos. Este vino a Jesús de noche, y le dijo: Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él. Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer? Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios ... No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo ... el que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehusa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él ... y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas." Juan 3:1-7,36,19
Esta experiencia del Nuevo Nacimiento es tan impactante que muchas personas se quedan, maravillados, en esa etapa, toda su vida. Realmente cuando Dios se manifiesta él mismo en nuestra vida, nuestra vida experimenta un cambio radical, ya que a partir de ese momento, además de la vida material que ya teníamos, empezamos a tener vida eterna. No puede uno encontrarse con Dios mismo y no darse cuenta de ello. Pero a pesar de todas las cosas buenas y maravillosas que podamos decir acerca de esta experiencia, esto no es el fin de la historia, sino tan solo el principio. No debemos quedarnos siempre en esta etapa. Tal vez tiende uno a quedarse en esta etapa, egoístamente, para no tomar la responsabilidad que viene a continuación. Que bueno que Dios me salvó. Que bueno que Cristo murió en la cruz para pagar mis pecados. Que bueno que Dios ya me dio vida eterna. Tal vez algunos quisieran que ahí se terminara la historia. Pero la historia continúa, y aunque implica responsabilidad de nuestra parte, lo que viene después es igualmente maravilloso.
Cuarta Etapa: La Santificación.
Una vez que hemos sido trasladados del reino de las tinieblas al de la luz, por la fe en el perdón de los pecados que nos ofrece Jesucristo, ya estamos entonces limpios para poder recibir el bautismo en el Espíritu Santo. Aquí empieza entonces nuestro programa de capacitación personal, al que comúnmente se le llama crecimiento espiritual. En esta etapa tenemos que ser discipulados por otros cristianos maduros, para aprender acerca de los medios disponibles de crecimiento espiritual personal como son: a) establecer y mantener nuestro período devocional diario, en el cual dedicaremos tiempo a la oración personal para hablar con Dios, y a la lectura devocional de la Biblia para conocer su voluntad, b) empezar a dar testimonio a nuestros amigos y a nuestros seres queridos, de la maravillosa experiencia que hemos tenido, para que ellos lleguen también a experimentar la misma bendición, c) empezar a tener compañerismo con otros cristianos, que hayan tenido también esta experiencia del Nuevo Nacimiento, para empezar a edificarnos unos a otros, y d) sobre todas las cosas ser siempre obedientes a la voluntad de Dios, para llegar a ser hacedores de su palabra y no solamente oidores. Junto con estas disciplinas que deberemos ir desarrollando gradualmente, con la guía y el poder del Espíritu de Dios, iremos también siendo capacitados directamente por el Espíritu de Dios mediante sus frutos y sus dones.
Los frutos del Espíritu constituyen cambios profundos en nuestro carácter que no podrían ser desarrollados por esfuerzos puramente humanos, son realmente un fruto que produce en nosotros el Espíritu de Dios: gradualmente nos va dando amor, gozo, paz, paciencia, bondad, fe, benignidad, mansedumbre, templanza, etc. Conforme vayamos viendo crecer estos frutos en nuestra propia vida diaria, nos iremos convenciendo cada vez más profundamente, de que Dios verdaderamente está vivo y que está actuando en nosotros, ayudándonos a crecer en santidad, y a ir cumpliendo en una forma cada vez más completa los mandamientos de la ley de Dios.
Los dones del Espíritu constituyen habilidades espirituales que tampoco podrían ser desarrolladas por esfuerzos puramente humanos, sino que son manifestaciones del poder espiritual de Dios en nuestra vida personal con el propósito de incrementar nuestro conocimiento de la voluntad de Dios, de darnos autoridad sobre los espíritus malignos, de sanar a los enfermos, de hacer milagros, etc... El propósito de estas manifestaciones del poder del Espíritu son edificar una comunidad de vida cristiana.
Quinta Etapa: La Edificación.
Esta etapa del Plan de Desarrollo de Dios, es la que constituye una verdadera área de oportunidad para todas las iglesias cristianas. La razón por la cual todos los cristianos hemos descuidado, en diversos grados, esta etapa, que es la que constituye la parte esencial del plan de Dios, probablemente sea por simple egoísmo. Mientras se trate de lo que Dios nos da a nosotros, como la salvación, los frutos, y los dones, no tenemos mayor problema en recibirlos. Pero cuando se trata de lo que nosotros debemos hacer para el Señor con esos frutos y con esos dones, entonces empiezan las dificultades y los problemas.
A reserva de explicar con más detalles esta etapa del plan de Dios en el siguiente capítulo, haremos aquí una descripción breve. Concluida la capacitación debe venir el entrenamiento. Una vez que el Espíritu de Dios ha iniciado el proceso de santificación personal en nuestra vida, empezando a capacitarnos con sus frutos y sus dones, debemos empezar a colaborar con él en la edificación de una comunidad de vida cristiana. Con los frutos que vaya desarrollando en nosotros el Espíritu de Dios, nosotros deberemos de ir desarrollando los vínculos o las relaciones del Espíritu. Esto es, al ir recibiendo el amor de Dios en nuestra vida, deberemos empezar a compartirlo con los demás miembros de la comunidad cristiana para empezar a amarnos unos a otros. Deberemos empezar a compartir la paciencia que nos da el Espíritu, para empezar a ser pacientes unos con otros. Deberemos empezar a establecer vínculos de benignidad unos con otros, conforme el Espíritu vaya desarrollando la benignidad en nuestra vida personal, etc. Y de forma similar deberemos de empezar a servirnos unos a otros con los dones que el Espíritu vaya derramando sobre nuestra vida personal. El que reciba el don de profecía debe empezar a edificar, exhortar y consolar a los demás, el que reciba el don de la enseñanza debe empezar a enseñar a los demás, el que reciba el don de sanar enfermos debe empezar a orar por los miembros de la comunidad que estén enfermos, etc.
La Biblia enseña que el Espíritu Santo reparte sus dones y sus frutos a cada miembro de la comunidad cristiana conforme a su voluntad. Y también enseña que la comunidad cristiana debe funcionar como un cuerpo humano que tiene muchos miembros, y que cada miembro debe servir a los demás desempeñando la función específica correspondiente a los dones y frutos recibidos. Si realmente lo hiciéramos de esta forma, la comunidad cristiana siempre estaría dirigida y gobernada directamente por Dios mismo, ya que él es el único que puede dar los frutos y los dones. Además todos seríamos necesarios, porque todos deberíamos estar sirviendo de alguna forma de acuerdo a los dones y frutos recibidos, ya que Dios se tomó la molestia de repetir continuamente en su palabra, que en cada comunidad cristiana, el Espíritu le da a todos y a cada uno de sus miembros alguna manifestación de su poder espiritual. De esa manera la competencia por el liderazgo es sumamente provechosa para la comunidad, ya que el que deseé mayor autoridad solamente tiene que servir más a los demás y desarrollar mejor los frutos y los vínculos del Espíritu. Tratemos de imaginar por un momento una comunidad estructurada de acuerdo a estos principios. Cada uno de sus miembros tendría un compromiso personal con Dios de ir creciendo gradualmente en santidad personal al ir desarrollando, día tras día, los frutos y los dones recibidos, y de ir ofreciendo a los demás miembros de la comunidad los servicios espirituales correspondientes a los dones recibidos, y de ir desarrollando con los demás miembros del cuerpo los vínculos espirituales correspondientes a los frutos que se hayan recibido y desarrollado, para de esa forma ir desarrollando progresivamente la justicia comunitaria. Teniendo santidad personal y justicia comunitaria: ¿Qué le faltaría a esta comunidad de vida cristiana para parecerse al Reino de los Cielos?. Unicamente le faltaría la presencia corporal de Jesucristo mismo. Si realmente aprovecháramos esta tremenda área de oportunidad, en todas las iglesias cristianas, entonces cuando él regrese otra vez, encontraría que verdaderamente habríamos hecho bien la tarea que nos había encomendado en su palabra.
Sexta Etapa: Las Bodas del Cordero.
Esta etapa, que sería relativamente breve, correspondería a la ceremonia de graduación del plan típico de desarrollo de la sección anterior. Al final de los tiempos Jesucristo regresará otra vez a celebrar las Bodas del Cordero. La novia será la iglesia pura, santa y sin mancha, por la cual él murió con el propósito de santificarla. Esta iglesia gloriosa estará integrada por numerosas comunidades de vida cristiana como la que se describió muy brevemente en el punto anterior.
"Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla ... a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha ... gocémonos y alegrémonos y démosle gloria; porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado. Y a ella se le ha concedido que se vista de lino fino, limpio y resplandeciente ... y nos has hecho reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra ...al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono. El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias ... Y el ángel me dijo: Estas son palabras verdaderas de Dios ... Y miré, y oí la voz de muchos ángeles alrededor del trono ... y su número era millones de millones, que decían a gran voz: El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza. Y todo lo creado que está en el cielo, y sobre la tierra, y debajo de la tierra, y a todas las cosas que en ellos hay, oí decir: Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos. Los cuatro seres vivientes decían: Amén; y los veinticuatro ancianos se postraron sobre sus rostros y adoraron al que vive por los siglos de los siglos." Efesios 5:25-27; Apocalipsis19:7,8; 5:10; 3:21,22; 19:9; 5:11-14
Séptima Etapa: El Reino Milenial.
Una vez concluidas las bodas del Cordero, Jesucristo sentará a su esposa en su trono, integrada por este gran conjunto de comunidades de vida cristiana, para gobernar el Reino de los Cielos.
La Figura 14 ilustra en forma gráfica estas siete etapas del Plan de Desarrollo de Dios; y la Figura 15 ilustra la forma como se relacionan estas siete etapas con la Promesa, con el Antiguo Pacto, con las tres etapas del Nuevo Pacto, y con la herencia del Reino de los Cielos.